
El tablero está en la mesa, peque, las fichas en fila, y empieza el primer juego de la tarde. Grow tira, tú tiras, las fichitas van saltando por su camino. Y entonces la ficha de Grow es mandada a casa, dos veces, y pierde. Grow mira fijo el tablero. Grow respira hondo. Y Grow ejecuta el desplome trágico completo: de espaldas fuera del cojín, patas al aire, fichas volando por todas partes.

Esperas mientras Grow recoge cada una de las fichas, lo que toma un rato, porque desplomarse es rápido pero ordenar es lento. '¿Mejor?' preguntas. 'No', dice Grow, con las orejas caídas. 'Perder se siente como una avispa en la pancita.' Asientes. De verdad se siente así. Igual vuelves a armar el tablero, y esa palabrita, otra vez, resulta más importante de lo que nadie notó.

Segunda ronda. Y esta vez el dado se vuelve contra TI. Tu ficha es mandada a casa justo antes del final, y la avispa de pronto está en tu pancita, caliente y zumbando, y tu mano se sacude hacia el borde del tablero, con ganas de voltear todo hacia el cielo.

'Espera', dice Grow rápido. 'Antes del volteo. Mira tu ficha.' Y tu fichita hace algo que ninguna ficha hizo jamás: se sube a tu palma, se para bien derecha, y hace una reverencia profunda, de las de verdad. Como un actor cuando termina la obra. 'Jugó su papel entero', dice Grow. 'La misma reverencia por ganar, la misma por perder. Porque el juego pequeño se termina. El juego grande es que jugamos otra vez.'

Así que haces reverencia con tu ficha, y Grow con la ficha ganadora, y de algún modo la avispa se va zumbando en mitad de la reverencia, sin que nadie la note. El tablero ya se está armando para la tercera ronda, que es el juego grande, el que sigue y sigue. 'Dime, peque', pregunta Grow, '¿crecimos un poquito hoy?' Sí. 'Aquí está tu pequeño crecimiento para mañana', dice Grow. 'Después del próximo juego, ganes o pierdas, haz que tu ficha haga una reverencia.' Hasta mañana, peque.
