
La cama grande llegó esta mañana, peque, y durante todo el día fue lo más emocionante de la casa entera. Saltaste encima. Se la enseñaste a todo el mundo. Pero ahora la lámpara está bajita y la habitación está en silencio, y la cama ha ido y se ha vuelto enorme, y tú eres un puntito en medio de toda esa manta.

Growy se sube para ayudar y al instante se hunde en la almohada gigante y desaparece del todo. Solo asoman dos orejas. Tienes que sacar a Growy tirando de las patas. 'Bueno', dice Growy, sacudiéndose para recuperar la forma, 'esto es vergonzoso. Y además, yo tampoco he dormido nunca en una cama tan grande. Así que aquí los dos somos nuevos.'

Growy se endereza y mira bien a su alrededor. 'Ajá. Ya veo cuál es el problema. Esta cama no es demasiado grande. Es que está recién estrenada, y todavía no te conoce. Una cama es como un zapato: hay que amoldarla. Por suerte, para eso hay un truco, y solo puede hacerlo quien duerme aquí.'

Así que haces el truco de las esquinas. Apoyas la mano abierta en la primera esquina y dices tu nombre en voz alta, y bajo tu palma la esquina da un brillo cálido, como una brasa en el fuego. Segunda esquina: cálida. Tercera: cálida. Cuarta: cálida. Cuatro esquinas cálidas, todas alrededor de ti, y se quedarán cálidas toda la noche. 'Ya está', dice Growy. 'La cama no es demasiado grande. Solo espera aprender tu forma.'

Te acuestas en el medio, y el medio ya no está lejos de nada, porque en cada dirección hay una esquina cálida. Growy se enrosca en el hueco de tu brazo, donde encaja exactamente. 'Dime, peque', pregunta Growy, ya con sueño, '¿crecimos un poquito hoy?' Sí. 'Aquí está tu pequeño crecimiento para mañana', dice Growy. 'Apoya la mano en cada esquina de tu cama y di tu nombre. Cuatro veces. Así es como una cama te aprende.' Hasta mañana, peque.
