
El bebé está acostado sobre la manta suave, peque, y tu corazón entero dice: te quiero MUCHÍSIMO. Y entonces tu mano da una palmadita. Y la palmadita sale más grande de lo que querías. La carita del bebé se arruga, tu mano se queda congelada en el aire, y ahora sientes la pancita pesada y confundida.

Growy se sienta a tu lado, justo sobre la manta. 'Tu cariño salió a todo volumen', dice Growy. 'Eso no es un mal corazón. Es un sentimiento grande que llega por una mano pequeña, antes de que la mano sepa cuánta fuerza usar.'

Growy saca una pluma blanca y suave de detrás de una oreja. 'Abre la palma', dice Growy. La abres, y la pluma se posa ahí y flota, apoyada en tu piel, sin peso. Luego cierras los dedos solo un poquito, y al instante se cae. Abres otra vez: flota. Aprietas: se cae. Tu propia mano está aprendiendo, ella sola, sin que nadie le diga nada.

'Mira', dice Growy, y estira la pata para dar una palmadita al bebé, y la da demasiado fuerte. Growy se queda congelado. Te ríes. 'Manos de pluma', le recuerdas a Growy, y Growy lo intenta otra vez, esta vez suave y despacio, y el bebé hace un sonidito de gusto. A Growy se le ponen las orejas rosadas. 'Gracias', dice Growy. 'Suave no es una forma más pequeña de ser fuerte. Suave es fuerte que sabe ser blando.'

Haces manos de pluma y tocas los deditos del bebé, tan ligero que la pluma seguiría flotando, y el bebé se agarra a tu pulgar y no lo suelta. Growy mira, en silencio y con orgullo, y pregunta: 'Dime, peque... ¿crecimos un poquito hoy?' Sí. 'Aquí está tu pequeño crecimiento para mañana', dice Growy. 'Haz manos de pluma, y dale un toque suave a algo pequeño.' Hasta mañana, peque.
