
Tienes una historia entera que contar, peque, y de las buenas, sobre algo que pasó hoy. Las palabras arrancan con ganas. Y entonces, en el medio, una palabra se detiene. Dice su primer pedacito otra vez, y otra, y otra, como un pie que rebota en el mismo lugar. El resto de la frase espera en fila detrás, y tus mejillas se ponen calientes.

Growy te lleva hasta el arroyito del fondo del jardín. 'Mira', dice Growy, 'por aquí cruzan las palabras.' Y de verdad las VES: palabritas brillantes saltando sobre el agua por las piedras del cruce. La mayoría cruza derecho, piedra a piedra a piedra. Y entonces una palabra se para en una piedra y rebota ahí, boing, boing, boing, preparándose. 'No está atascada', dice Growy. 'Está a mitad del salto. Rebotar es parte de cruzar.'

La palabra que rebota sigue rebotando, y Growy ya no lo soporta. '¡YO TE CARGO!' brama Growy, y salta al arroyo con un chapuzón tremendo. Olas por todas partes. La palabrita rueda de vuelta hasta la primera piedra y tiene que empezar de nuevo. 'Growy', dices, tirando de una oreja que gotea, 'una palabra no se puede cargar. Ven a sentarte. Esperamos.'

Así que los dos se sientan muy quietos en la orilla, y pasa algo silencioso y maravilloso: el arroyo siente su calma, y el agua se alisa como el vidrio. Y sobre el agua tranquila, la palabra que rebota termina su rebote, se acomoda, y salta el resto del camino, fácil como nada. '¿Ves?' susurra Growy. 'Una palabra que rebota sigue en camino. No hay que jalarla. Necesita tiempo para saltar.'

Tu historia llega, entera, cada palabra al otro lado del arroyo, y valió la pena esperarla. Growy se sacude la última agua de las orejas. 'Dime, peque', pregunta Growy, '¿crecimos un poquito hoy?' Sí. 'Aquí está tu pequeño crecimiento para mañana', dice Growy. 'Cuando la palabra de alguien rebote, de quien sea, quédate como el agua quieta, y espera a que aterrice.' Hasta mañana, peque.
