
En el bosque suave del atardecer, peque, tú y Growy conocen a un osito que tiene muchísima prisa. Corre hasta un hongo, luego hasta un helecho, luego hasta un charco, y luego otra vez al hongo. '¡Hay tantísimo!' resopla el osito. '¡Quiero verlo todo antes de que oscurezca!' Pero sus ojos están tan ocupados que nada se le queda.

Growy abre la cesta del picnic, y salen las bayas que habían guardado para después. Y entonces Growy se queda muy callado. Cuando miras, las patas de Growy están pegajosas y el cuenco está vacío. 'Tenía hambre', confiesa Growy, con las orejas caídas. 'Ni siquiera las saboreé bien. Solo las engullí.' El osito se ríe tan fuerte que se sienta de golpe en el musgo.

Y justo entonces la luciérnaga más pequeña baja flotando y se posa en la nariz del osito. Brilla, con la luz justa para iluminar una cosa a la vez, y nunca dos. Primero el rizo de un helecho. Luego un escarabajo brillante. Luego una gota de lluvia, apoyada en una hoja como una cuentita de cristal. El osito se queda quieto, y por primera vez en todo el día, ve de verdad.

'Mira', susurra el osito, 'la gota tiene el bosque entero dentro, al revés.' Growy asiente despacio, lamiéndose la última pata pegajosa. 'No puedes ver el bosque entero de una vez. Pero puedes ver una cosita hasta el final.' La luciérnaga parpadea y sigue hacia la próxima pequeña maravilla.

Vuelven a casa juntos por la tarde azul, y el osito se detiene una vez, a propósito, para mirar una sola hoja hasta el final. Growy te toma de la mano y pregunta: 'Dime, peque... ¿crecimos un poquito hoy?' Sí. 'Aquí está tu pequeño crecimiento para mañana', dice Growy. 'Encuentra una cosita afuera, y mírala mientras cuentas despacio hasta cinco.' Hasta mañana, peque.
